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Magdalena Cubel Alarcón en el Centro Psicológico MCA en Valencia

Origen y mantenimiento de la ansiedad desadaptativa




Ansiedad, miedo, angustia, temor, pánico; son todos términos utilizados para referirse a un mismo proceso básico: el organismo reacciona para defenderse. Lo que muchas personas ignoran es que este proceso es normal, sano e imprescindible para nuestra salud.
¿Por qué entonces nos hace sufrir? ¿Por qué una reacción biológica y psicológicamente destinada a protegernos se vuelve contra nosotros? ¿Por qué la ansiedad se vuelve patológica?

La ansiedad no siempre es patológica, constituye una emoción sana y normal en muchas situaciones. Cuando hay algún peligro, el cerebro dispara un conjunto de mecanismos defensivos orientados a preservar nuestra integridad. La experiencia subjetiva emocional de tal reacción defensiva es lo que sentimos como ansiedad o miedo.

En su carácter desagradable también radica parte de su valor adaptativo: queremos poner fin a la ansiedad y, para ello, debemos salir de la situación peligrosa en la cual nos encontramos. Ahora bien, también sabemos que la ansiedad es una de las emociones más ligadas a la psicopatología; acarreando mucho sufrimiento y malestar.

La ansiedad patológica es exagerada respecto de la amenaza objetiva que la dispara, manifestándose con síntomas de activación que preparan al organismo para una acción defensiva frente a un peligro que no existe. En el plano cognitivo, se presentan pensamientos específicos que sobrevaloran el riesgo, ellos suelen adoptar la forma de preocupaciones más o menos puntuales según el caso. En el plano fisiológico, se incrementa la activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo, generándose reacciones como taquicardia, sudoración, tensión muscular. En el sistema motor, se producen las respuestas de evitación y escape, lo cual lleva a abandonar los entornos disparadores de ansiedad o a soportarlos con mucho malestar.

¿Por qué sucede todo esto? ¿Por qué un sistema emocional evolutivamente seleccionado para protegernos se transforma en un arma contra nosotros mismos? 

La vía más difundida por la cual la ansiedad se vuelve patológica es la  traumática.  Una persona adquiere una reacción de miedo patológico porque se establece una asociación entre un evento neutral con otro que representa una amenaza real. El proceso es uno de los casos particulares de condicionamiento clásico descripto inicialmente por Ivan Pavlov.

Por ejemplo, una persona que viaja en automóvil por la carretea y tiene un accidente muy grave, a partir de ese momento es probable que desarrolle una activación de miedo que se generalizará a la hora de viajar en coche, e incluso le puede impedir volver a conducir.

Un segundo camino por el cual las personas adquirimos miedos patológicos consiste en el aprendizaje por observación de modelos o Modelado, estudiado minuciosamente por el prominente psicólogo Albert Bandura. En los humanos, este proceso transcurre de dos maneras diferentes.

Por un lado, la observación directa de alguna persona que padece alguna forma de ansiedad patológica puede conducir a que el observador adquiera el mismo miedo o alguno relacionado, particularmente si este último se encuentra en la infancia. Los casos más simples son aquellos en los cuales los hijos acaban padeciendo las mismas fobias que sus padres.

Por ejemplo, si un niño pequeño observa a su madre reaccionar con miedo cuando se relaciona con extraños, resulta más probable que copie este patrón y que con los años, desarrolle alguna forma de ansiedad social. El rostro tenso, un tono de voz entrecortado, conductas de evitación sutiles, entre otras señales de miedo que inadvertidamente la madre envía a su hijo al relacionarse con personas desconocidas; le van dando al niño la pauta de que los extraños pueden resultar peligrosos. Ello siembra las bases para que, conjuntamente con otros factores, se termine por desarrollar un Trastorno de Ansiedad Social.

Por otra parte, el modelado también puede efectuarse de manera verbal, es decir, a través de las palabras que narran patrones de reacción ansiosos ante eventos que son inocuos. Al igual que en caso anteriormente mencionado, este proceso tiene más chances de suceder si la exposición al modelo verbal tiene lugar durante la niñez.

Por ejemplo, un niño observa y particularmente, escucha, a su padre preocuparse por una variada cantidad de temas, desde el dinero hasta la salud y seguridad personal, pero en ausencia de eventos ambientales claros que justifiquen los lamentos. Así, por ejemplo, mientras cenan, algunas veces el padre se queja espontáneamente de las dificultades económicas; otras, de los problemas de inseguridad ante la delincuencia. En otro momento, cuando uno de los hermanos se retrasa uno minutos en su llegada a casa, dice frases tales como “por Dios que no le haya pasado nada” mientras emite señales de activación ansiosa.

Inevitablemente, el niño expuesto a este modelo tiene más probabilidades de aprender que las situaciones ambiguas constituyen una fuente de peligro, sentándose así las bases para un posterior desarrollo de un Trastorno de Ansiedad Generalizada.

Una tercera posibilidad para el desarrollo de los miedos patológicos proviene de la aplicación de los principios darwinianos. Por un lado, una observación simple nos indica que los temores humanos no se distribuyen uniformemente, lo que significa que las personas tendemos a desarrollar miedo más fácilmente hacia algunos estímulos que hacia otros.

De este modo, resulta común escuchar que la gente le tiene miedo a las alturas, las cucarachas, los sapos o los espacios cerrados como un subte o ascensor; pero casi nunca nos enteramos de que alguien padece una fobia a los enchufes, a los zapatos o los cuchillos. Claro está que, en la actualidad, estos últimos elementos (enchufes y cuchillos) conllevan un grado de peligro mayor que los primeros (sapos o ascensores). No obstante, la reacción defensiva de ansiedad es ciega respecto de este hecho.

La respuesta al interrogante radica en que durante millones de años, la vida en nuestro planeta evolucionó en un ambiente muy diferente al de los humanos modernos. En aquel ambiente arcaico, reaccionar con miedo de manera rápida a algunos estímulos críticos podía representar la diferencia entre la vida y la muerte; de allí que se haya facilitado la reacción emocional ante los eventos otrora realmente peligrosos.

En efecto, animales, insectos, espacios cerrados, alturas son algunos de los elementos que representaron un peligro de muerte para nuestros antepasados. Aunque hoy ya no involucren mayor riesgo para nuestra integridad, el cerebro conserva hacia ellos una facilidad para reaccionar defensivamente. Tanto es así que representa una de las vías por las cuales la ansiedad puede volverse patológica.

La hipótesis más fuerte de esta línea sostiene que nacemos con una reacción innata de temor ante estos estímulos preparados evolutivamente y que a través del proceso de socialización, mediante la exposición natural a los mismos en nuestra cultura, vamos perdiendo el miedo inicial. Por ejemplo, nuestra reacción instintiva de miedo a las alturas va desapareciendo a medida que nos vamos aproximando a espacios altos protegidos, como balcones y ventanales, mientras somos contenidos por nuestros cuidadores. Cuando este proceso natural de extinción del miedo biológicamente preparado falla, entonces se darían las condiciones para la aparición la ansiedad patológica.

Una vez adquirido el patrón de ansiedad patológica, hay determinados factores que la  mantienen y modulan. Inevitablemente, la ansiedad patológica conduce a conductas de evitación y escape. Este es el elemento crítico de mayor relevancia a la hora de explicar el mantenimiento de la ansiedad patológica a largo plazo. Por ejemplo, si una persona padece una Fobia Simple, seguramente procurará evitar lo que teme o escapará si tiene con el objeto fobíco un encuentro inesperado. Así, quien padece una fobia a los sapos, evitará ir a lugares descampados y, si repentinamente se cruza con uno de estos animales, intentará huir.

Pues bien, preguntémonos qué pasaría si esta persona efectuara un patrón de conducta opuesto, es decir, se aproximara, tal vez lenta y paulatinamente, a los sapos y de a poco fuera intentando permanecer cerca de ellos en lugar de evitar y escapar. ¿Qué pasaría con el miedo? Definitivamente, iría en disminución hasta desaparecer. La exposición gradual al objeto temido favorece la extinción del miedo, es decir, una disminución y desaparición de la respuesta de miedo por exponerse al estímulo que lo provoca.

Apartir de esto, no es difícil deducir por qué las conductas de evitación y escape mantienen los miedos patológicos. En efecto, ellas interfieren con el proceso normal de extinción que tendría lugar si la persona se expusiera. Ahora bien, sucede que las respuestas de evitación y escape no son tan sencillas y observables como la del caso mencionado sino que, por el contrario, adoptan formas sutiles y muy poco evidentes. 

Cualquiera sea el caso, el que realiza conductas de evitación y escape se halla motivado por la búsqueda de alivio a su malestar, la ansiedad patológica, pero sin saberlo, la perpetúa. Esto ha llevado a afirmar que en lo que hace a la patología de la ansiedad, lo más importante no es la emoción misma ni tampoco su intensidad. Por el contrario, y tal como planteamos al inicio, la ansiedad es una emoción sana y necesaria. Lo que convierte a esta emoción en patológica es toda la parafernalia que los seres humanos a veces hacemos para evitarla y controlarla.

Justamente, los intentos de control destinados a aliviarla, es lo que transforma a un patrón emocional adaptativo evolutivamente destinado a protegernos en algo desadaptado que acarrea sufrimiento y malestar. Tal vez, una de las patologías donde más claro se note este fenómeno es en algunos pacientes que padecen Trastorno de Pánico y Agorafobia, un cuadro caracterizado por la presencia de reacciones de ansiedad exageradas que van empeorando a medida de que la persona incrementa los intentos de control. La evitación de los entornos hipotéticamente peligrosos que dispararían las crisis conduce a una generalización.

Así, todo suele comenzar con alguna crisis de pánico que deja al sujeto muy asustado. Esto lleva a que esté preocupado, intentando prever la aparición de una nueva crisis. Para ello, explora su cuerpo y evita situaciones y/o actividades que supuestamente podrían disparar otra crisis. Inadvertidamente, esta acción de autoexplorar  las propias sensaciones las incrementa e intensifica..

La evitación de los entornos hipotéticamente peligrosos que dispararían las crisis conduce a una generalización de los miedos. El estado permanente de alerta e hipervigilancia incrementa el nivel de ansiedad basal, facilitando la aparición de nuevos episodios de pánico. Con cada crisis, el individuo redobla sus esfuerzos por controlar la ansiedad pero sólo consigue empeorar la situación. En algún momento, el control de la ansiedad y la supuesta prevención de la aparición de crisis se tornan el epicentro de la vida, el paciente está casi todo el tiempo pendiente y preocupado por “no sentirse mal”, lo cual equivale a “no sentirse ansioso”, pero sin saberlo genera el efecto contrario.

Por lo tanto, lo mejor ante las crisis de ansiedad es no asustarse por las sensaciones y afrontarlas lo antes posible, sabiendo que la ansiedad solo es incómoda, pero no es peligrosa, y por tanto no nos hará ningún daño, el daño nos lo haremos nosotros si empezamos a evitar o a escapar para no notar sensaciones o para no pasarlo mal.

Magdalena Cubel Alarcón
Psicóloga Clínica Valencia (Benimaclet)

Magdalena Cubel. Psicológa clínica colegiada C.V. 03949 · C/ Alfahuir nº 30 - pta. 2 · 46020 · Valencia Tfno. 657 93 44 20