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Magdalena Cubel Alarcón en el Centro Psicológico MCA en Valencia

La responsabilidad de los padres es la de


“Nuestra juventud ama el lujo, tiene malos modales, menosprecia la autoridad y no tiene ningún respeto a los mayores. Los niños de nuestra época son tiranos, ya no se levantan y esclavizan a su maestro.”

Los principales motivos que producen desconcierto en los padres respecto a cómo implicarse más en la educación de sus hijos son:

  1. La mayoría no sabe qué hacer para ayudar a sus hijos en los estudios.
  2. Desconocen cómo hacer su seguimiento. Las encuestas reflejan que entre los alumnos que van mejor están aquéllos cuyos padres hacen un seguimiento continuo de sus estudios.
  3. Tienen problemas para organizar el tiempo familiar para dedicar un tiempo a seguir la educación de sus hijos (vigilar su estudio, leer con ellos, preguntarles conocimientos básicos con ejemplos cotidianos...).
  4. La mayoría no actúa hasta que no ve un problema.

     
Para minimizar estos problemas, es importante ser concientes de la importancia de la regularidad, el adquirir costumbres de estudio desde que empiezan a ir al colegio, adquirir hábitos. El estudio en casa es la otra parte de la educación. Al llegar a la secundaria ni saben estudiar ni tienen hábito de estudio.

No hay recetas mágicas sobre el tiempo diario que deben dedicar sus hijos al estudio. Depende de lo que necesite cada uno, pero todos los días hay que sentarse un rato.

Hay que crear un lugar en la casa que los hijos identifiquen con el estudio. 

Es imprescindible supervisar, pero quién estudia y trabaja es el niño, no el padre. Su función es la de guía, supervisión y comprobación.

Es recomendable estar en contacto con el centro, aunque no hayan problemas.

¡Ojo con las actividades extraescolares! Elegir dos que no le ocupen más de tres tardes. Hacerlo de acuerdo con los hijos. Comprometerles a no dejarlas a mitad de curso. No deben ocupar demasiado tiempo como para que le retrasen en lo demás.

Hay que establecer normas con los robatiempos (videoconsolas, ordenador, tv...), desde que son pequeños, con reglas claras sobre el momento y el tiempo que les van a dedicar y las consecuencias que van a tener si no cumplen la norma.

¡Ojo con las nuevas tecnologías! Los niños y jóvenes las relacionan con el juego y/o entretenimiento, no con el estudio. Las conciben como una extensión de sus sentidos. Utilizan un lenguaje nuevo, que deben separar del que usen en el mundo escolar-profesional.

Sin embargo yo me pregunto si esto es lo más importante en la formación de nuestros hijos. “Parece que la preocupación y los afanes de algunos padres no tienden sino a llenar de ciencia la mente de sus hijos; del juicio y los valores no se preocupan en ningún sentido. Solamente se trabaja para llenar la memoria, dejando vacías la inteligencia y la conciencia”. Y ¿esta es la formación que queremos para nuestros hijos?, ¿competición en lugar de educación?, ¿qué saquen muy buenas notas, en lugar de que sean personas sensatas y responsables?

Nuestra responsabilidad como padres es “formar a nuestros hijos”. Formar significa criar, educar y adiestrar. 

Formar a los hijos significa promover en ellos las capacidades y habilidades que requieren para crecer y adentrarse en los trayectos más empinados y difíciles que encontrarán al llegar a la edad adulta y que los conducen hacia la cumbre de su propia madurez.

El papel de los padres “no es preparar el camino para los hijos, sino preparar a los hijos para el camino”.
Y lo que les ayudará a conseguir superar la aventura que es la vida, lo que hará posible que puedan ascender los trayectos más empinados y conquistar grandes alturas en su evolución personal, será una autoestima positiva (como motor del que surge la fuerza y motivación para avanzar) y un carácter sólido y bien estructurado (que actuará de como guía).

A cerca de la autoestima:

"No hay juicio más importante para una persona ni factor más decisivo en su desarrollo emocional, que la opinión que tenga sobre si misma” Nathaniel Braden, Ph.D.

“Hoy día hay suficiente evidencia para afirmar que una autoestima positiva es clave para que los hijos triunfen en la vida.” (Corkille Brigss, D., Ph.D. Your Child’s Selfesteem).

La autoestima es ese juicio personal que hacemos sobre nosotros mismos como personas, que se traduce en qué tan a gusto (o disgusto) nos sentimos con lo que somos. 

Una autoestima positiva es evidencia de una aceptación incondicional de uno mismo y de confianza y satisfacción con lo que es, independientemente de lo que tenga o lo que sea capaz de hacer. 

Una persona con una buena autoestima se respeta y se valora como es, acepta sus sentimientos y emociones, tiene confianza en sus opiniones, conoce y utiliza sus cualidades y se siente digna de ser amada. Es, así mismo, capaz de reconocer sus fallos e imperfecciones porque gracias a la seguridad que tiene en si misma puede comprender que, cualquiera que sean sus limitaciones o errores, sus defectos no le restan valor como ser humano. 

Cómo se sienta una persona consigo misma será definitivo para lo que haga con su vida.

Una autoestima sólida se basa en un arraigado sentimiento o convicción de que somos tanto valiosos como competentes porque contamos con las capacidades necesarias para hacerle frente al mundo y sus vicisitudes. Ambas convicciones deben darse simultáneamente para que haya una buena auto-evaluación que se traduzca en una profunda apreciación y respeto por sí mismo.

Así, cuando los padres nos dedicamos a darles mucho y a exigirles poco a los hijos (cosa frecuente en nuestros días), no los convencemos de que son valiosos sino de que no tienen nada que aportar. Como resultado de tener más diversiones y oportunidades de las que se merecen, así como demasiados privilegios y pocos límites, los niños están hoy creciendo convencidos de que tienen derecho a todo a cambio de nada. Y en esta forma, contrario a lo deseado, no se está promoviendo en ellos una buena autoestima sino cultivándoles una gran “egoestima”. Lo que se les está fomentando es el narcisismo, convirtiéndolos en personas indolentes e individualistas, que piensan ante todo en sí mismos y anteponen su apetencia individual y su beneficio personal sobre todo lo demás.

Como fortalecer la autoestima de nuestros hijos:

La autoestima se forma en las personas como consecuencia del amor que reciben de los seres más significativos en su vida, especialmente de sus padres, y de la evaluación que éstos hagan de sus capacidades.

El concepto de sí mismo se comienza a formar en el ser humano desde el mismo momento de su nacimiento y buena parte de su auto-evaluación es producto de las ideas que se forma sobre quién es él para sus padres. Los niños llegan a conclusiones sobre sí mismos en parte como producto de sus propias observaciones sobre su desempeño, pero en mayor parte como resultado de las actitudes frente a ellos y sus atributos de parte de quienes los rodean, siendo éstas mucho más importantes que las capacidades mismas con que hayan sido dotados.

La calidad del ambiente en que crezcan los hijos, la cantidad de afecto, comprensión e interés que reciban en su hogar, y la aceptación incondicional de sus padres respecto a ellos como personas, son decisivos para el concepto que formen de sí mismos.

Desafortunadamente, en muchas ocasiones, se reservan las alabanzas y la admiración para aquellos que desde su nacimiento tuvieron la suerte de reflejar las características que más aprecia la sociedad de hoy, como son la belleza física, la inteligencia, la popularidad, o la capacidad de producir dinero. O muy a menudo se recuerda demasiado aquello que hacen mal y se ensalza poco aquello que hacen o intentan hacer bien, “porque es lo que tienen que hacer”.

Ninguna actitud confirma más claramente al niño que es valioso como persona que el respeto que le demuestren sus padres. Respetar a un niño implica, entre otros, hablarle con amabilidad y cortesía aun para reprenderle, no criticarle ni regañarlo en forma que lo menosprecie o humille, y aceptar que exprese sus emociones, poniendo un límite a sus actos pero no a sus sentimientos. 

Un buen principio de respeto es nunca hacer o decir a un hijo lo que no se haría o diría a un buen amigo.

Tratar a un hijo de manera que se aprecie y se sienta a gusto consigo mismo, es un legado incalculable para su vida, y ayudarlo a que se valore y se respete es lo mejor que unos padres pueden darle.

A cerca del carácter:

“Formar un buen carácter en los hijos es enseñarles a tomar decisiones sabias y bondadosas.” Mary Pipher, Ph.D.

“Creo que si se hiciera una indagación para identificar en donde está el epicentro, la principal raíz de la que brotan todas las mayores causantes del caos social en nuestro tiempo, muy seguramente esa raíz quedaría identificada en el derrumbe de toda norma ética, en la abolición de todos los valores que desde siempre sustentaron y pautaron la dignidad humana y la armonía de las sociedades civilizadas. Tanto el ser humano como las naciones parecen haber perdido todo sentido de destino. Un estado existencial que se mueve entre la anarquía, el terrorismo y la subversión.” (De Zubiría, R, Liderazgo con calidad humana.)

El carácter es simplemente el modo de ser de las personas. Aquello que regula nuestro proceder moral. La fuerza que nos encamina a hacer el bien y a evitar el mal. Incluye tanto principios como creencias, tanto sentimientos como actitudes.

Un carácter sólido es lo que nos dota de la fuerza moral para obrar justamente aun en situaciones adversas; lo que nos mueve a hacer lo correcto aunque nadie nos observe; lo que nos hace decir la verdad aun cuando no nos convenga; lo que nos da el coraje para superar las penas aunque no nos creamos merecedores de ellas; lo que nos permite dominar nuestras reacciones e instintos para dejarnos guiar por la sabiduría del espíritu y la bondad del corazón.

La fortaleza del carácter es definitiva para no dejarnos desviar por la confusión reinante y salir positivamente transformados por las experiencias difíciles que superamos en este proceso.

El carácter no se inculca ni se enseña, sino que:
  1. se establece con ejemplo, 
  2. se fortalece con la voluntad y 
  3. se forma como resultado de las lecciones arduas que aprendemos en la vida. 

     
Curiosamente, es cuando no tenemos lo suficiente cuando más gozamos lo que recibimos, cuando nos esforzamos cuando más apreciamos lo que logramos.

El gran sueño de la mayoría de los padres es que los hijos sean felices, pero ¿ser felices consiste en vivir siempre gratificados y divertidos, libres de cualquier contrariedad, tristeza o incomodidad?

Parece que las penas o contrariedades se consideran una desventura que debe evitarse a cualquier precio. Y por lo mismo la vida de los niños está cada vez más llena de actividades divertidas para mantenerlos entretenidos, además de que se les complace en todo lo que piden, se les ayuda en más de lo que se debe, se les compra más de lo que se merecen y se procura arreglarles todos sus problemas con el fin de evitar que se molesten o entristezcan.

El resultado de este esfuerzo es todo lo contrario a lo que se persigue: niños inconformes e insaciables, que no saben entretenerse porque nunca lo han hecho, que no ambicionan nada pero lo exigen todo. Y padres exhaustos, estresados y que viven la crianza como una agotadora maratón. Lo contradictorio es que todo esto lo hacemos para garantizar su felicidad y por ende la nuestra. Pero lo que se está logrando es que no desarrollen los atributos fundamentales para la estructuración de un buen carácter ni las características que son indispensables para lograr una vida plena en satisfacciones.

Dentro de la filosofía de vivir para gozar como medida de felicidad, estamos llevando a los niños hasta el hastío y acabando con su motivación, su entusiasmo y su capacidad de asombro, sentimientos indispensables para que sean felices.

Parece que la única meta en esta vida sea sentirse lo mejor posible, parece ser más importante que los niños se sientan bien a que sean “personas”; y se hacen mayores esfuerzos para que sean felices que para que sean correctos y educados. Muchos padres se sienten perdidos a la hora de ponerle a los hijos los límites indispensables para formarlos como personas. Por esta razón, cada vez hay una tendencia más pronunciada a delegar en terceros (ante todo en las escuelas o colegios) la formación ética y moral de los niños. Pero aprender a ser una buena persona no es algo que se estudia en textos ni se aprende en el colegio. Una cosa es saber los conceptos y otra, muy distinta, es vivir en base a ellos.

El carácter se establece con el ejemplo:

“El ejemplo no es la mejor forma de enseñar, es la única.” Alberto Einestein

Los valores son algo que los niños captan e incorporan observando la conducta de sus padres o quienes hagan sus veces.

La cuestión no es ver cómo enseñarles valores a los hijos, sino preguntarnos qué les estamos enseñando.

Los valores no son algo que se impone desde fuera sino que surge desde dentro. Y esto no se logra a base de exigirle a los hijos que se comporten como les decimos sino de mostrarles lo que significa obrar correctamente; ni de imponerles nuestra verdad sino de enseñarles a buscar la suya, ni de exigirles autoritariamente respeto sino de ganarlo haciéndonos merecedores de su admiración. “Educar es seducir con el ejemplo: que hablen los hechos, no las palabras”.

Por ello, el ejemplo y la guía de los padres es hoy más crucial que nunca. Es urgente revisar si nuestro proceder es coherente con los principios fundamentales que les queremos inculcar. Son éstos los que les servirán de brújula infalible para determinar el rumbo a seguir. Hay que tener muy presente que, si bien no podemos controlar los vientos, sí podemos manejar las velas, pero que no hay viento que favorezca a quien navega sin destino.

De la solidez de nuestra estructura moral, del temple de nuestras convicciones y de la fuerza de nuestro ejemplo depende, en buena medida, el rumbo que tome la  vida de nuestros hijos.

La fortaleza del carácter reside en la voluntad:

“La disciplina es la semilla de la que nace la voluntad, y ésta la piedra angular de la libertad”.

Libre no es aquel que puede hacer todo lo que le viene en gana, sino el que puede decidir libremente qué hacer y no hacer porque es amo, dueño y señor de sí mismo. Porque tiene la fuerza de voluntad para actuar como piensa no como sus instintos, reacciones o impulsos lo empujan a hacerlo. Puede actuar con base en sus convicciones, sus sueños y sus ideales, de manera que la voluntad se puede definir como la habilidad para actuar con base en nuestros propios valores.

Los niños hoy se alimentan de “valores chatarra”: el sexo instantáneo sin responsabilidad, la diversión constante sin límites, la gratificación inmediata sin esfuerzo, el enriquecimiento ilícito sin trabajo, las soluciones mágicas sin sacrificios, y el placer como sinónimo de felicidad. Reciben los valores de los medios y la cultura les están mostrando qué es lo que vale en la vida. Hoy en día, más que de valores parecemos vivir bajo el signo de los antivalores.

Una de las funciones básicas de los padres es servir como controles externos de los niños mientras ellos van desarrollando sus propios controles internos, es decir su fuerza de voluntad, que no es otra cosa que la capacidad de limitarse a sí mismos. 

Pero haciendo eco a los valores de la cultura consumista, los padres hemos asumido como una obligación sagrada el hacer cuanto esfuerzo sea necesario por complacer a los hijos para que vivan sonrientes y no tengan ninguna contrariedad. De esta forma los menores están creciendo acostumbrados a decir sí a todo lo que se les antoja y no están desarrollando el autocontrol necesario para decir no a los excesos, a las “tentaciones” y a todos los demás desaciertos que se les venden en nombre de la felicidad. De ahí que las nuevas generaciones se caractericen por la falta de tolerancia a la frustración y que, se asfixien en el hastío y la insatisfacción.

Si para evitar que los niños se hagan daño los tuviésemos siempre en nuestros brazos posiblemente nunca se lesionarían, pero su sistema muscular se atrofiaría. Al tratar de complacerlos y evitarles toda contrariedad no les damos la oportunidad para desarrollar los atributos que se requieren para tener un carácter sólido que incluya una fuerza de voluntad férrea. Carecer de fuerza de voluntad es tan grave como carecer de fuerza muscular.

El auténtico secreto de la felicidad reside en la moderación. “Nada en exceso, todo en forma moderada” afirmaban los sabios griegos. La capacidad de moderarnos, que se conoce como la virtud de la templanza, es el resultado directo de la fuerza de voluntad. En la moderación está la diferencia entre el uso y el abuso del placer. Cuando se abusa del placer, “éste lleva a que ya no nos interese la vida sino ese placer en particular, dejando de ser un ingrediente agradable para convertirse en una forma de escapar de la misma.”

En la sociedad light de nuestros días todo es trivial y están desapareciendo dos virtudes fundamentales para fortalecer la voluntad: el esfuerzo y la capacidad de lucha.

La vida de los niños gira impulsada alrededor de la filosofía de lograr más haciendo menos y de obtener todo a cambio de nada. En efecto, todo parece ser cada vez más fácil para ellos: ya no tienen que investigar largas horas en las bibliotecas porque para eso cuentan con un ordenador; ya no tienen que acostumbrarse a comer lo que no les apetece porque ahora cenan a la carta; ya no tienen que responder por los problemas en que se meten porque de eso se ocupan sus papás, y así sucesivamente.

Lo grave es que al facilitarles la vida a nuestros hijos se la estamos complicando. Y por verlos felices los estamos preparando para que sean infelices.

No basta con enseñarles a los hijos los principios éticos y morales que deben regir su vida. Es indispensable dotarlos con la fuerza de voluntad para ponerlos en práctica. De tal manera que el viejo lema de “goce primero y pague después” no vale. Nuestros hijos tienen que pagar primero para poder gozar después si quieren hacer de su vida algo que valga la pena. Tienen que trabajar duro y aprender a superar las dificultades, a perseverar ante las contrariedades, a crear sus oportunidades y a no sucumbir ante una puerta cerrada sin decidirse a empujarla para que se abra. Sólo así podrán disfrutar luego de la satisfacción que significa alcanzar sus sueños, como resultado de su propio esfuerzo y mérito, favoreciendo la sensación se ser capaces de superar los desafíos.

Las lecciones arduas son experiencias formativas:

“Las lágrimas son el jabón con que se enjuaga el alma” Dan Millman. “Ascender es más difícil que descender, pero son los caminos en ascenso los que nos llevan a la cima”.

La niñez es el período de entrenamiento para la edad adulta, durante la cual se sientan las bases para desarrollar la mayoría de las cualidades y destrezas fundamentales para salir adelante en la vida. Las contrariedades y experiencias arduas con que se enfrentan los niños son vitales para construir los atributos necesarios para enfrentarse a las dificultades que encontrarán a su paso por el mundo.

Los sufrimientos y las dificultades no son tan sólo una desgracia o un castigo inmerecido. Son por excelencia experiencias que nos hacen más flexibles, valientes y luchadores; las que nos fortalecen y preparan para superar los desafíos que encontraremos a lo largo de la vida. Con razón se ha dicho que “los guerreros más fuertes son aquellos que se entrenan en caminos más arduos.”

“Es en la adversidad que hallamos la fortaleza, en la enfermedad que apreciamos el valor de la salud, en el hambre que comprendemos el significado de los alimentos y en el agotamiento que valoramos la importancia del descanso”, dice un antiguo refrán griego.

Además, las experiencias difíciles son las lecciones más formativas que nos ofrece la escuela de la vida: “El dolor y el sufrimiento son muchas veces los únicos guías que conducen a las personas a la profundidad de su interior, al encuentro consigo mismos, liberándolos de la superficialidad y del vacío de una existencia hueca.”

De nada servirá tener importantes títulos, ni grandes conocimientos, ni siquiera una gran autoestima, si no se tiene el carácter para ponerlos al servicio de lo que nos hace plenamente humanos y plenamente felices.

Triunfaremos como padres cuando logremos que la vida de nuestros hijos se rija por el deseo de ser mejores personas y no por el ansia de alcanzar más honores. 

Lo que más necesitan nuestros hijos para alcanzar la felicidad que tanto anhelamos para ellos son los principios para obrar bien y el carácter para ponerlos en práctica. Con buena razón dijo Heráclito que “el carácter es el destino”.

(Adaptado del II Congreso de Familias)
Magdalena Cubel Alarcón
Psicóloga Clínica de Valencia

Magdalena Cubel. Psicológa clínica colegiada C.V. 03949 · C/ Alfahuir nº 30 - pta. 2 · 46020 · Valencia Tfno. 657 93 44 20